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Autor: Yemba Bissyende
Técnica: Batik
Medidas: 40 cm x 1m 30 cm

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domingo, 8 de mayo de 2016

En memoria del escritor Fernando Soto Aparicio, el poeta Fernando Cely, quien lo conoció como pocos, nos trae esta semblanza del maestro.

SOTO APARICIO O LA REBELIÓN LITERARIA

Por: Fernando Cely Herrán
Director “Corporación Artística y Literaria  ESCAFANDRA”
Bogotá D.C. Enero de 2012

 Este mundo parece marchar hacia su desintegración, mientras la vida nos observa con los ojos abiertos, hambrientos de tanta   humanidad...  

                                                                                   Ernesto Sábato

Difícil tarea para un humilde discípulo referirse a la monumental obra de su maestro, sobre todo, sin poder evitar mezclar esa armonía, que gracias al albur, nos cruzó en un camino, que me conduce  a proyectarlo más allá de sus obras.

Nuestra relación nació hace unos 25 años en uno de los innumerables encuentros de escritores que hemos compartido; amistad  matizada con versos, anécdotas, travesuras y repentismos. Pero quizás las oportunidades de explorar a fondo su mente y corazón de magno creador, se dieron de mejor manera cuando dictamos Talleres de Creación Literaria para estudiantes de la Escuela Superior de Administración Pública (ESAP), pues nos encontrábamos con frecuencia para ocuparnos de la  planeación de los mismos y siempre unos minutos antes de iniciar labores para degustar un café y compartir inquietudes, y también cuando asistimos acompañados por los poetas Fernando Vargas Valencia, Álvaro Marín y Darién Giraldo como representantes de Colombia, al Primer Encuentro Latinoamericano de Poesía en el Puerto de Veracruz (México) en Junio de 2010. Allí, después de cumplir las rigurosas jornadas académicas, solíamos dedicarnos a caminar largas horas, haciendo paradas en sitios de interés e hidratar las palabras con Tequilas aderezados con toda clase de acompañamientos gastronómicos y artísticos.

En esos inolvidable periplos, de manera involuntaria resulté entrevistando a mi Maestro sobre todos aquellos aspectos que conforman la creación literaria: cómo nacían sus personajes, la forma de  tejer cuidadosamente las tramas de sus libros, la manera como relacionaba  de manera coherente la realidad con la imaginación, los factores que influían para mostrar realidades sociales sin caer en el exceso. Recibí de todas aquellas sabias disertaciones, un bagaje espléndido de conocimientos, pero ante todo, pude acercarme de manera especial a las novelas y libros de poemas que en tantas oportunidades trabajé en las aulas de clase y a los que él suele entregarme con afecto para compartir sus caminos.

Llegan a miles los estudios, las tesis de grado y las referencias que en medios virtuales se ocupan de su extensa obra. De igual manera los reconocimientos de academias, universidades, centros educativos y entes gubernamentales. A pesar de  acercarse a los 80 años de edad, es evidente su energía y su inagotable talento. Recorre como cualquier veinteañero poblaciones, veredas y ciudades, dejando a su paso una estela de sencillez y sabiduría que le hace merecedor del sincero afecto de quienes tenemos el privilegio de frecuentarlo. Firma autógrafos, posa sonriente para las fotografías de quienes quieren perdurar el recuerdo de haber compartido con él, y hace honor al ingenio de sus ancestros boyacenses al desplegar su permanente buen humor y una “chispa” prodigiosa. Sin embargo, tengo la certeza de que al no enrolarse voluntariamente con las consabidas roscas intelectuales y académicas, conservando cristalina independencia, su trasegar no ha alcanzado la dimensión que merece. Poco importa, pues su vida es testimonio de rectitud y su obra, patrimonio indiscutible de nuestro transcurrir histórico. Como todo buen creador, sabe que serán los pueblos y la historia quienes realicen en su momento la valoración de su inmenso legado.

Pretendo entonces compartir algunas reflexiones, tratando de concentrarme en el mero aspecto del fenómeno de la creación y de los aportes del Maestro al panorama de las letras colombianas.

Soto Aparicio son sus libros, sus personajes sencillos, desgarrados, amorosos, expectantes, intrépidos: una amalgama de profundos sentimientos que se pasean por las páginas  de sus historias sin final, porque cada una, nos deja el patrimonio de la reflexión, la invitación a encarnar a esos seres que entre líneas parecen tan cercanos que se convierten en nosotros mismos. Cada obra de Soto Aparicio se torna en una saeta que penetra en las retinas y llega al corazón para conmoverlo y transformarlo. Cada nuevo libro de Fernando Soto es un Soto distinto, no suele repetirse ni desgastarse en perfiles, sino que irrumpe con tenacidad en la configuración de tramas que envuelven en esa telaraña extraña que atrapa y forma al público lector.

Soto es el niño, el hombre, la mujer, el paisaje, la voz del oprimido que conserva ideales, el poeta que canta al futuro, voz de América ignorada por los opresores y amada por su pueblo que lo sabe y reconoce como su hermano. Soto Aparicio es padre, hermano, hijo, compañero, consejero ante la acritud, mediador ante la aspereza, canto e ingenio para la sonrisa.

Innumerables resultan los análisis de su prolífica obra, trascendida principalmente en el exterior, donde goza de la reputación y el reconocimiento que muchos de sus compatriotas voluntariamente han ignorado, pues en una nación en que sus gobernantes conducen a la eterna guerra, nunca tendrán cabida las voces indignadas, ni las propuestas de paz en la voz de un cantor enamorado de su tierra, de sus gentes, de la viabilidad de la esperanza.

Es por eso que en sus publicaciones encontramos de principio a fin, el único factor común que se percibe en su extensísima obra, que es el particular estilo, donde el lenguaje poético es la savia que engalana los recovecos de la mente y el corazón del hombre: lo esotérico y lo sempiterno se entrelazan en un diálogo que perturba la esencia y nos coloca en el interludio entre la vida y la muerte. Es el amor que sin contornos, conduce a la expiación, a la liberación de los entornos físicos, para adentrase en procesos de inmolación como supremo dogma de amor, como sublimizada entrega.

Acertadas descripciones vienen y van párrafo a párrafo en sus libros, enlazando sus partes: unas detenidas en el escenario físico y en el entorno de esos seres contagiados de amor, otras fluyendo, como inmenso río en la espesura de la mente, otras sangrando desde el corazón en la búsqueda de los seres amados que al partir, nos legaron dolores y abandono.

Su obra abarca temáticas en lo cotidiano, pero que son mostradas tramo a tramo, con el encanto sutil de unas prosa fluida inundada de imágenes, trasladándonos a los terrenos propios del recuerdo, la evocación y la añoranza, invitando a asumir posturas en el contexto social, religioso y político, dentro de un ejercicio escritural que nos relega de la indiferencia y que seguramente será asumido por las nuevas generaciones como punto de partida, en la maravillosa experiencia de explorar raíces e identidad, menoscabadas inclementemente por procesos de globalización que pretenden dejarnos sin historia. De esta manera Soto Aparicio aporta a la humanidad la magia de su cosmovisión amorosa. No habla aquí el hombre, sino el corazón de quien se inmola en el ejercicio de proponernos nuevos y posibles universos.

Al explorar la narrativa y la poesía de Soto Aparicio, es fácil vislumbrar que en nuestra patria la palabra ha perdido su sentido conciliador. Nos estamos matando unos a otros mientras que los vocablos esperan se les conceda turno para tratar de abrir entendimientos y por supuesto voluntades.

Hemos perdido la virtud de escuchar y la hemos remplazado por el estruendoso grito del horror y el eco del lamento. Vamos irremediablemente a la nueva construcción de la torre de babel,  no porque hablemos diferentes idiomas,  sino porque el que hablamos no nos es suficiente para alejarnos de la belicosidad y de la arrogancia  La palabra debe acarrear un compromiso.  La vida está ligada a ella con un mágico cordón umbilical que conduce a la  bella proyección de la existencia.

Curiosamente el habernos convertido en uno de los territorios más violentos del mundo, nos ha permitido buscar en las diferentes expresiones del arte un acercamiento hacia nosotros mismos y a nuestras verdaderas raíces. Y ese es precisamente el sentido y legado que encontramos en las diversas obras de Soto Aparicio. Existe cierta virtud en evocar; sano es hacerlo si los recuerdos resultan gratos, y masoquista si recordar produce incertidumbre.

Bien afirmaba Borges: “aquel que juega con las palabras está jugando con el universo”  revelando intencionalmente, que el mundo concreto es aquel que está escrito y que ese testimonio es la única forma de rencontrarnos con el origen y el pensamiento de los pueblos.

Al leer y asumir la obra de Soto Aparicio, comprendemos con profunda nostalgia, que nos rodea un entorno con el que somos demasiado escépticos. Cada palabra cuidadosamente escrita nos trasciende a querer formar parte de  la nueva historia y a discernir, que aunque queramos ignorarlo, el futuro de este país está columpiándose en los parques que soportan la asfixia del cemento, está en las aulas de escuelas y colegios recreada con pilatunas, sonrisas y ocurrencias, está en miles de semáforos disfrazada de frunas, mangos, malabaristas y trapillos para limpiar parabrisas, está en los ojos que injustamente crecen entre el desarrollo tecnológico y la barbarie.... Y en esa historia nueva, emerge  la palabra como mástil mayor del navío de los sueños, dispuesta a embellecer lo perpetuable, a permitirnos amar la plenitud del sol, la caricia del agua y el arrullo del viento. Solamente valorando el legado de todo lo positivo que construyeron las anteriores generaciones y juzgando sus desaciertos, escribiremos las nuevas páginas que revindiquen nuestra historia.

A diario muchas voces claman por una sociedad justa, en que la prioridad sea el hombre. Soto Aparicio va más allá: diseñó una cátedra universitaria que dicta desde hace varios años, en la que propone metodologías para mejorar el mundo y alcanzar la felicidad, convencido de que aunque a diario se escriban tratados y se paguen millonarios estudios, niños, jóvenes y ancianos no encuentran el hábitat que les permita la sana convivencia. Nunca es tarde para remediar tanta desidia y en ese sentido las propuestas literarias se convierten en importante alternativa.

Sabe Soto Aparicio que es difícil educar en un ambiente adverso: en el aula se infunden valores que se contradicen desde el momento mismo en que se abre la puerta para el retorno a los hogares. Los estudiantes que horas antes rindieron homenaje a su bandera y escucharon reflexiones sobre  cómo  mejorar el entorno, son víctimas de la violencia familiar, receptores de noticieros escalofriantes que informan de nuestras eternas guerras, testigos mudos de una sociedad que se debate entre la corrupción y el delito.

Por eso las obras de Soto Aparicio se construyen desde el corazón, desde la pertenencia, desde la primera vocal. Por eso su trabajo debe valorarse y considerarse como piedra angular de una sociedad que merece y requiere transformarse.

Soto Aparicio me hace recordar los importantes fundamentos de Bachelard, cuando nos conduce al mundo esquemático que nos ha sido entregado; mundo que se diluye ante el influjo del mundo constructor de universos paralelos, rompiendo los linderos del tiempo para entregarse a la contemplación. En apariencia se trata de abandonar los paradigmas cotidianos del lenguaje para moldearlo de forma aún más estética y enriquecerlo con artificios y adornos insondables. De lo que se trata es de reconstruir el mundo y entregarlo en obra gris para que los demás ayuden a transformarlo. El asunto es dimensionar una dialéctica de los sentidos: plasmar lo humano y lo inhumano, convertir los sentidos en metáforas, para partir de las vivencias íntimas.

La creación no intenta tomarse atribuciones frente al lenguaje: lo muta con ingenuidad, dando la libertad de acoger o no las nuevas propuestas interpretativas, de atender sus símbolos y equivalencias, de desbordar los valores socialmente predeterminados, de utilizar estrategias que conduzcan  a la intuición, a la magia sagrada de la palabra. Desde esa perspectiva, nuestro Maestro es un creador de imágenes y cómo no serlo si gran parte de su producción la ha desarrollado como libretista de televisión y cuando varias de sus obras han alcanzado la pantalla. Cada imagen reflejada por un creador, es fulgurante acontecer, simplicidad y armonía. Conjunto de laberintos que confluyen en verdadera razón de la existencia.

Los Libros de Soto Aparicio libro han sido escritos por un niño desprevenido y limpio; ratifican la belleza que adquieren las palabras que invitan a la gran fiesta, donde los convocados somos todos, para  vivirla en la ternura familiar, en la dedicación paciente y amorosa en las aulas de clase y en el vuelo de los sueños. Hace siempre la corte en este ágape, el amor, soberano de la tierra.

Salvar al género humano parece utopía,  pero no lo es. Cuando logremos equilibrio entre lo que se enseña y lo que se vive, cuando estemos en capacidad de salvaguardar la integridad y el bienestar de todos los que pretendemos un mejor mañana, podremos establecer la coherencia: un planeta vivible en donde cada habitante se levante cada mañana, sabiendo que será útil a los suyos y a su comunidad, con seres cuyos actos se transformen en pan y sus ideales en realizaciones, para frenar la apocalipsis del progreso desdibujado.

La pedagogía no sería más que otra palabra si no estuviera acompañada de procesos profundamente humanos en donde se demuestre, sin temor, que la inspiración requiere de corazones dispuestos al diario trasegar, en el que no puede ni debe faltar la ensoñación. Estas razones validan ampliamente un propósito: que el gran legado de las obras de Soto Aparicio sea asumido en hogares y escuelas de Colombia y del mundo.

Soto Aparicio nos permite continuar siendo niños, pues en cada producción nos devuelve la fe en un país y en un mundo que en ocasiones parece perder el rumbo de la esperanza. Basta acompañar un poco sus espacios para ratificar que se trata de un ser singular que aún se asombra, y nos asombra.
Soto Aparicio es siempre renovación y novedad, al irrumpir con una desbordante actividad creadora que arrastra a rencontrarse con visiones que de otra forma le han sido reveladas al hombre desde su genética ancestral, con el mismo afán de descifrar enigmas que nos salvan o condenan. Suele sumergirnos en terrenos que nos conducen a la libertad y a la interpretación de un mundo que culturalmente nos inhibe. Por eso tiene la virtud de abordar toda clase de temáticas, pasando por la cercanía a los secretos recónditos del corazón humano y llegando a la exploración de una sociedad degradada que merece reflexión y rescate.
Pocos seres han dedicado la vida entera al ejercicio constante y acertado de la escritura, pues decidió el Maestro no optar por otra escuela que no fuera su devoción por la creación literaria, recogiendo en cada palabra los dictados de su noble conciencia y dando coherencia a su forma de vida, con la producción de su prolífica obra.
Soto Aparicio reconstruye paso a paso nuestra memoria continental; acercarnos a su obra, y hermanarnos con la grandeza de su espíritu, nos exhorta a seguir amando la lectura, a comprender ese destino común que se teje entre seres humanos, estrellas e infinito.

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